La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —¡Lástima que usted no lo haya leÃdo, capitán! —exclamó.
—Abe —dijo de pronto Queridita—, tengo una magnÃfica idea para una pelÃcula.
—¿Cuál? —respondió Abe con cierta desconfianza.
—Algo extraordinariamente nuevo, ¿sabes? Nuestro yate se hundirÃa y sólo me salvarÃa yo, llegando a parar a esta isla. Y aquà vivirÃa como una Robinsona.
—¿Y qué iba a hacer usted aquà sola? —preguntó el capitán algo escéptico.
—Me bañarÃa… y harÃa también otras cosas —dijo con sencillez Queridita—. Y entonces, se enamorarÃan de mà tres Tritones marinos que me traerÃan muchas perlas. ¿Ves? ¡Exactamente como ha ocurrido! PodrÃa ser, al mismo tiempo, una pelÃcula sobre la naturaleza y educativa, ¿no creen? Algo como Trader Horn.
—Li tiene razón —dijo de pronto Fred—. Mañana por la noche debemos filmar a esos lagartos.
—Dirá usted, a esos mamÃferos —corrigió el capitán.
—O mejor dicho, a mà entre esos tritones —añadió Queridita.
—Pero con bañador —exigió Abe.
—Me pondré el bañador blanco —dijo Li—. Y Greta tendrá que hacerme un peinado apropiado. Hoy estaba, sencillamente, terrible.