La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandras

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—Es que yo llegué antes, señorita Judy, pero no hablemos de eso. Yo creo que el título debe ser científico. Ha de ser sucinto y… en resumen, científico. ANIMALES PREDILUVIANOS EN UNA ISLA DEL PACÍFICO.

—¿Prediluvianos? —corrigió Fred—. ¿Prediluvianos? ¡Caramba!, ¿cómo se dice? Antediluvianos… antidiluvianos… anteluvianos… No, eso no puede ser. Hay que poner un título más sencillo, para que todo el mundo pueda pronunciarlo. Judy es un hacha en eso.

—Antediluvianos —dijo Judy.

Fred negĂł con la cabeza.

—Demasiado largo, Judy. Más largo que esos bichos, con cola y todo. El título ha de ser conciso, pero Judy es fantástica ¿no? ¡Dígalo usted, capitán! ¿Verdad que es magnífica?

—Lo es —corroboró el capitán—. Una muchacha excelente.

—Es usted un buen muchacho, capitán —dijo agradecido el joven coloso—. Muchachos, el capitán es un tipo formidable. Pero prediluviano es una estupidez. ¡No es titular para un periódico! Mejor sería: LOS AMANTES DE LA ISLA DE LAS PERLAS, o algo así.

—LOS TRITONES LLENAN DE PERLAS A LA BLANCA LILY —gritó Abe—. HOMENAJE DEL IMPERIO DE POSEIDÓN. ¡NUEVA AFRODITA!


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