La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras El señor Gregs se rascaba la nuca sorprendido. «¡Ajá!», pensó, «la salamandra repite lo que oye decir a la gente».
—Di «Gregs» —probó.
—Di Gregs —repitió la salamandra.
—Señor Thomas Gregs.
—Señor Thomas Gregs.
—Buenos dÃas, señor.
—Buenos dÃas, señor. Buenos dÃas, señor. Buenos dÃas, señor —parecÃa que la salamandra no podÃa saciar su ansia de hablar, pero el señor Gregs no sabÃa ya qué decirle. El señor Gregs no era hombre de muchas palabras.
—Bueno, cierra ya el hocico —dijo—. Cuando acabe el trabajo te enseñaré a hablar si quieres.
—Bueno, cierra ya el hocico —gruñó la salamandra—. Cuando acabe el trabajo te enseñaré a hablar. Buenos dÃas, señor.