La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras Pero la dirección del Zoo no veía con buenos ojos que los guardias enseñasen cosas a sus pupilos. Si hubiese sido a los elefantes, bien, pero los otros animales estaban allí para servir de enseñanza y no para hacer exhibiciones circenses. Por ello, el señor Gregs, cuando el Parque Zoológico quedaba desierto, entraba en el pabellón de las salamandras y pasaba allí horas y horas, más o menos en secreto. Como era viudo, a nadie le extrañaba su aislamiento, ¡allá cada uno con sus gustos y rarezas! Además, el pabellón de las salamandras era de los menos visitados. El cocodrilo, por ejemplo, gozaba de más popularidad, pero Andrias Scheuchzeri pasaba días y más días en una soledad completa.
Una vez, cuando oscurecía y se cerraban ya los pabellones, paseaba el director del Zoo, Sir Charles Wiggan, por algunas de las secciones, para cerciorarse de que todo estaba en orden. Al pasar por el pabellón de las salamandras se oyó un chapoteo en una de las piscinas y una voz cavernosa dijo:
—Buenas noches, señor.
—Buenas noches —respondió el director sorprendido—. ¿Quién está ahí?
—Perdone, señor —dijo la voz cavernosa—, yo no soy el señor Gregs.
—¿Quién está ahí? —repitió el director.
—Andy, Andrew Scheuchzer.