La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Espere —cuchicheó Sir Charles Wiggan.
—¿Hay gente en Marte? —silabeaba la voz monótona.
—¿Quiere que se lo lea?
—Léeme cualquier cosa, Andy —contestaba otra voz.
—¿Quién ganará el Derby de este año, Pelharn-Beauty o Gobernador?
—Pelham-Beauty —contestó la otra voz—, pero sigue leyendo.
Sir Charles abrió silenciosamente la puerta. El señor Thomas Gregs barrÃa el suelo con la escoba, y en el estanque con agua de mar estaba sentado Andrias Scheuchzeri que, despacio, con voz que parecÃa más bien un graznido, silabeaba ante un periódico vespertino que sostenÃa entre sus patas delanteras.
—¡Gregs! —llamó Sir Charles.
La salamandra se escondió inmediatamente bajo el agua.
El señor Gregs, asustado, dejó caer la escoba.
—¿DecÃa usted, señor?
—¿Qué significa esto?
—Le ruego que me disculpe, señor —tartamudeó el desgraciado Gregs—. Andy me lee mientras yo limpio, y cuando barre él, le leo yo.
—¿Y quién le ha enseñado?