La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandras

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Al atardecer salió del barco Kandong Bandoeng un bote en el que se encontraban el capitán J. van Toch, el sueco Jensen, el islandés Gudmundson, el finlandés Gillemainen y dos cingaleses pescadores de perlas. El bote se dirigió a la Bahía del Diablo.

A las tres, al culminar la marea baja, el capitán estaba en la playa, el bote cruzaba a unos cien metros de la costa para ahuyentar a los tiburones, y los dos buzos cingaleses esperaban, con los cuchillos preparados, la señal para sumergirse en el agua.

—Bien, ahora tú —dijo el capitán señalando al más alto de los hombres desnudos. El cingalés saltó al agua, dio unas cuantas brazadas y después se sumergió. El capitán miró su reloj.

A los cuatro minutos y veinte segundos apareció, a unos sesenta metros a la izquierda, una cabeza oscura; con un extraño, desesperado y, al mismo tiempo, rígido apresuramiento, el cingalés se aferraba a los pedruscos, en una mano el cuchillo, en la otra una madreperla.

El capitán se enfadó.

—¿Qué pasa? —dijo secamente.

El cingalés seguía resbalando por las piedras, dando gritos de horror.

—¿Qué ha ocurrido? —gritó el capitán.

—¡Sahib, Sahib…! —pudo articular por fin el cingalés, y cayó desplomado en la playa. Luego, con la respiración entrecortada dijo—: ¡Sahib, Sahib!


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