La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —¿Tiburones?
—¡Djinns! —sollozó el cingalés—. ¡Diablos, señor, miles de diablos! —se tapaba los ojos con los puños—. ¡Nada más que diablos, señor!
—¡A ver esa madreperla! —dijo el capitán, y la abriĂł con un cuchillo. En ella habĂa una perlita pequeña y limpia.
—¿Y no has encontrado nada más?
El cingalĂ©s sacĂł todavĂa otras tres madreperlas del saquito que llevaba colgado al cuello.
—Hay madreperlas, señor, pero los diablos las están guardando… Me observaban cuando yo trataba de despegarlas…
Sus rizados cabellos se erizaron de espanto.
—¡Sahib, aquà no!
El capitán abriĂł las madreperlas. Dos estaban vacĂas, pero en la tercera habĂa una perla como un guisante, redonda como una gota de mercurio. La mirada del capitán van Toch iba de la perla al cingalĂ©s desplomado en el suelo.
—Oye, tú —dijo dudando—, ¿no quieres sumergirte una vez más?
El cingalés negó con la cabeza, sin pronunciar palabra.