La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras El capitán J. van Toch sintió en la lengua un gusto fuerte que lo incitaba a maldecir, pero con sorpresa advirtió que estaba hablando silenciosamente, casi con suavidad.
—¡No tengas miedo, muchacho! Y… ¿qué aspecto tienen esos… diablos?
—Parecen niños pequeños —tartajeó el cingalés—, tienen rabo, señor, y son asà de altos —indicó un metro y unos veinte centÃmetros sobre el suelo—. Estaban a mi alrededor y miraban lo que hacÃa… formaban un cÃrculo asÃ… —el cingalés tembló—. ¡Sahib, sahib, aquà no!
El capitán van Toch reflexionó un momento.
—¿Y qué más?, ¿hacen guiños con los párpados inferiores, o cómo?
—No sé, señor —dijo con voz ronca el cingalés—. ¡Hay por lo menos diez mil!
El capitán miró al segundo cingalés. Estaba a unos ciento cincuenta metros de distancia y esperaba indiferente, con las manos cruzadas sobre los hombros. La verdad es que, cuando uno está desnudo, no tiene otro lugar en que poner las manos más que en sus propios hombros. El capitán le hizo una seña silenciosamente, y el pequeño cingalés saltó al agua. Al cabo de tres minutos y cincuenta segundos apareció agarrándose a los pedruscos con sus resbaladizas manos.