La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —¡Sal ya! —gritó el capitán, pero después lo miró con atención y empezó a saltar por las piedras en dirección a aquellas vacilantes manos. Uno nunca hubiese imaginado que un hombrón así pudiera saltar de esa manera. En el último momento agarró al cingalés por una mano y, ¡aupa!, lo sacó del agua. Luego lo colocó sobre las rocas y se secó el sudor. El muchacho yacía inerte; tenía una herida en la pantorrilla, probablemente causada con alguna piedra, pero, aparte de eso, estaba ileso. El capitán le levantó los párpados. Se veía solamente el blanco del ojo. No tenía ni madreperlas ni cuchillo.
En ese momento el bote con los marineros se acercó a la orilla.
—¡Señor! —gritó el sueco Jensen—, ¡hay algunos tiburones! ¿Van a seguir pescando?
—No —respondió el capitán—, vengan a recoger a estos dos.
Cuando regresaban al barco, Jensen llamó la atención del capitán van Toch.
—Mire usted, señor, qué poca profundidad hay en este lugar. Va desde aquí, directamente hasta la orilla —señalaba metiendo el remo en el agua—, como si hubiese algún dique bajo el agua.