La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras Una vez en el barco, el pequeño cingalés recobró el conocimiento. Estaba sentado con la barbilla apoyada en las rodillas y le temblaba todo el cuerpo. El capitán despidió a la gente y se arrellanó en su asiento.
—Anda, desembucha —dijo—, ¿qué has visto?
—Diablos, djinns, sahib —tartajeó el pequeño cingalés. Ahora empezaron a temblarle también los párpados y, por todo el cuerpo, se le puso la carne de gallina.
El capitán van Toch tosió un poco.
—Dime, ¿qué tipo tienen?
—Como… como…
El cingalés empezó a poner de nuevo los ojos en blanco. El capitán van Toch, con una agilidad inesperada, le dio unas bofetadas en ambas mejillas con el dorso de la mano, para hacerlo volver en sÃ.
—Gracias… sahib… —jadeó el pequeño cingalés, y en el blanco de sus ojos brillaron de nuevo las niñas.
—¿Ya estás bien?
—SÃ, sahib.
El capitán van Toch continuó su interrogatorio con no poca paciencia y minuciosidad.
—SÃ, allà hay demonios.
—¿Cuántos?