La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Ha hablado usted magnÃficamente, señor Bondy —le dijo lisonjero el viejo Sigi Weissberger—. ¡MagnÃficamente! Y dÃgame usted, señor Bondy, ¿cómo se le ha ocurrido una idea asÃ?
—¿Cómo? —respondió G. H. Bondy distraÃdo—, a decir verdad, señor Weissberger, lo he hecho a causa del viejo van Toch. ¡Estaba tan encariñado con sus salamandras!… ¿Qué hubiera pensado el pobre si hubiésemos dejado matar o morir de hambre a sus tapa-boys?
—¿Qué tapa-boys?
—Esas malditas salamandras. Por lo menos, ahora las tratarán decentemente, ya que tendrán cierto precio. Y esos bichos no sirven para otra cosa, señor Weissberger, que para idear alguna utopÃa.
—Yo no entiendo un ápice de eso —explicó el señor Weissberger—. ¿Acaso sé yo lo que es una salamandra? ¿Ha visto usted alguna vez a esos bichos? Por favor, ¿qué aspecto tienen?
—Eso no se lo puedo decir, señor Weissberger. Yo, en realidad, no sé ni lo que son. Además, ¿para qué me interesa saberlo? ¿Cree que tengo tiempo de ocuparme de su aspecto? Lo que me preocupa y me alegra es que ya está decidido eso del Sindicato de las Salamandras, señor mÃo.