La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras »Sí. Hablemos de la parte económica. Señores, nuestra Sociedad es demasiado pequeña para poder explotar, ella sola, millones y millones de salamandras. No somos suficientes para ello ni económica ni políticamente. Si se ha de cambiar el mapa de la tierra y de los mares, se interesarán también en este asunto grandes potencias, señores. Pero de eso no hablaremos ahora ni nombraremos a las altas personalidades que demuestran, ya hoy, sus simpatías hacia nuestra Sociedad. Les ruego, sin embargo, señores, que no pierdan de vista el inmenso alcance de la cuestión sobre la que van a votar». (Entusiastas y prolongados aplausos. Gritos de ¡Bravo!, y ¡Formidable!).
No por ello fue menos necesario que, antes de sacarse a votación la formación del Sindicato de las Salamandras, tuviera que prometer la compañía que, por cada acción de la Sociedad Exportadora del Pacífico, se pagaría a fines de año, por lo menos, un dividendo de un 10%, a cuenta de las reservas existentes. A favor de esta proposición votaron un 87% de los accionistas y solamente un 13% en contra. Y, como consecuencia de ello, se aprobó por unanimidad el proyecto del Consejo de Administración. El Sindicato de las Salamandras entró en acción, de lo que se felicitó G. H. Bondy.