La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandras

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«A principios de abril», cuenta H. Nolte, «se aproximan los machos a las hembras; por lo general, en cada época sexual el macho está todo el tiempo junto a la misma hembra, y no se aleja de ella ni un paso durante varios días, en los cuales no toma alimento alguno, mientras que la hembra manifiesta gran voracidad. El macho la persigue por el agua y se esfuerza por colocar su cabeza pegada a la de ella. Cuando lo consigue, levanta su hocico y lo coloca sobre el de la hembra, seguramente para evitar que se escape. Así, teniendo en contacto sus cabezas, mientras que sus cuerpos forman un ángulo de unos treinta grados, flotan los dos animales sin moverse, uno junto al otro. Hay momentos en que el macho empieza a sacudirse tan violentamente que con su costado golpea a la hembra; luego queda de nuevo inmóvil, con las patas muy estiradas, tocando solamente con su hocico la cabeza de la compañera elegida, que, mientras tanto, indiferente a todo, traga lo que encuentra en su camino. Este beso, llamémosle así, dura unos cuantos días. Algunas veces, la hembra se escapa en busca de alimento; entonces el macho la persigue muy excitado, podríamos decir, furioso. Finalmente la hembra deja de oponer resistencia, no huye, y la pareja se deja llevar por el agua sin moverse, como si fueran dos maderos negruzcos atados entre sí. Entonces el cuerpo del macho es sacudido por movimientos espasmódicos durante los cuales suelta una masa fecundante bastante pegajosa. En seguida abandona a la hembra y se esconde entre las piedras completamente exhausto; en ese periodo se le puede cortar una pata o la cola sin que reaccione para defenderse.


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