La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras En relación con esto, presentaremos también el extraño rito llamado «Danza de las salamandras». (No nos referimos a la Salamander-dance, que se puso de moda hace unos años, particularmente entre la alta sociedad y que fue considerada por el obispo de Hiramo como «la danza más repugnante de que he oído hablar en mi vida»). En las noches de plenilunio (menos en la época del celo), salían los Andrias, pero sólo los machos, a la orilla del mar y allí en la playa se sentaban en corro y empezaban a retorcer y contonear la parte superior de su cuerpo, con un movimiento ondulatorio. Este movimiento era característico de estas grandes salamandras también en otras circunstancias. Pero durante la llamada «danza» se entregaban a él salvaje y ferozmente y hasta el agotamiento, como derviches danzantes. Algunos expertos consideraban estos movimientos locos, este retorcerse y cambiar de un pie a otro, como un culto a la luna y, por lo tanto, como un rito religioso. Otros, por el contrario, veían en ello una danza erótica y la explicaban, precisamente, por las especiales reglas sexuales de que hemos hablado anteriormente. Hemos dicho que, en el Andrias, el elemento fecundador es, en realidad, un milieu sexual, un medio colectivo e impersonal entre los machos y las hembras. También se dijo que las hembras aceptan estas relaciones impersonales con mucha más naturalidad que los machos, quienes —seguramente, con un sentido de la fatuidad y el aire de dominación masculino— quieren, por lo menos, conservar una especie de triunfo sexual y, por ello, juegan a cortejar y a la posesión matrimonial. Es una de las mayores ilusiones eróticas, curiosamente complementada por estas grandes fiestas de los machos, que no son más que un esfuerzo instintivo de convencerse a sí mismos de que son el Colectivo Masculino. Con esta danza en común vencen la atávica y absurda ilusión del individualismo sexual del macho; ese movimiento circular, embriagador y frenético, no es otra cosa que el Macho Colectivo, el Novio Común, el Gran Copulador, que ejecuta su solemne danza de alianza y se entrega a un gran rito nupcial, sin la participación, ¡cosa extraña!, de la hembra que, mientras tanto, está mordisqueando un pez o una sepia. El famoso Charles Powell, que llamó a estas fiestas de las salamandras «La danza del principio masculino», escribe además: «¿Y no son acaso estos ritos comunes de las salamandras, la misma raíz y fuente de su extraordinario colectivismo? Tengamos en cuenta que el verdadero colectivismo lo encontramos solamente en aquellos animales en los que la vida y el desarrollo no están basados en una pareja sexual: abejas, hormigas y termitas. La asociación de las abejas se puede expresar por las palabras: Yo Colmena Materna. La de las salamandras se expresa en una forma completamente diferente: Nosotros Principio Masculino. Todos los machos que en un momento dado expelen en conjunto el medio sexual procreador, son ese Gran Macho que penetra en el seno de la hembra y la fecunda. Su paternidad es colectiva y, por ello, su naturaleza es colectiva y se manifiesta en actos comunes, mientras que las hembras, ocupadas en poner los huevos, llevan hasta la siguiente primavera una vida más o menos interesante y solitaria. Solamente los machos son la comunidad, solamente ellos ejecutan las tareas en común. En ninguna raza animal desempeñan las hembras un papel tan secundario como en los Andrias: están al margen de las actividades comunes y, desde luego, tampoco demuestran demasiado interés por ellas. Su momento empieza cuando el Principio Masculino expele en el agua en que viven ese ácido químico, casi imperceptible, pero lleno de vida, que hace efecto hasta en las más fuertes mareas, altas y bajas. Es como si el mismo océano se convirtiese en un macho, que fecunda en sus orillas millones de embriones».