La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras El señor Povondra lee el periódico
Hay personas que coleccionan sellos, otras libros antiguos. El señor Povondra, portero de la casa de G. H. Bondy, buscó durante largos años un complemento a su vida; vacilaba entre su interés por las tumbas prehistóricas y su pasión por la política extranjera, pero una tarde, cuando menos lo esperaba, se presentó en su vida lo que le faltaba para hacerla completa. Las grandes cosas, por lo general, ocurren de repente.
Aquella tarde estaba el señor Povondra leyendo el periódico, su esposa remendaba los calcetines de Frantik, y éste ponía una cara como si estuviese aprendiendo los afluentes de la ribera izquierda del Danubio. Reinaba un plácido silencio.
—Estaré loco… —gruñó el señor Povondra.
—¿Qué te pasa? —preguntó la señora Povondra pasando la aguja.
—Esas salamandras —exclamó el señor Povondra—. Aquí leo que en el último trimestre se han vendido setenta millones de ellas.
—Eso es mucho, ¿verdad? —exclamó la señora Povondra.
—¡Ya lo creo! Es una cifra inmensa, mamá. Imagínate, ¡setenta millones!
El señor Povondra movió la cabeza.