La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —En este negocio se debe de ganar una buena suma. Y, ¡hay que ver el trabajo que hacen! —añadió al cabo de un momento de meditación—. Leo aquà que en todas partes se construyen febrilmente nuevas tierras e islas. Te digo que la gente se puede construir ahora todos los continentes que quiera. Esto es algo monumental, mamá. Te digo que significa más progreso que el descubrimiento de América —el señor Povondra quedó pensativo—. Una nueva época en la historia de la humanidad, ¿sabes? ¡No hay vuelta que darle, mamá, vivimos en una gran época!
De nuevo reinó el amable silencio casero. De pronto, papá Povondra chupó con fuerza su pipa.
—¡Cuando pienso que si no llega a ser por mÃ, no hubiera ocurrido nada de esto!
—¿De qué?
—De todo ese negocio con las salamandras. Esa Nueva Época. Si se piensa bien, fui yo mismo el que comenzó todo esto.
La señora Povondra levantó la vista de los agujeros del calcetÃn.
—Dime, por favor, ¿cómo?
—Todo empezó aquel dÃa en que dejé pasar al capitán a hablar con Bondy. Si no llega a ser por mÃ, aquel capitán no se hubiera encontrado nunca con el señor Bondy. Si no hubiera sido por mÃ, no hubiera ocurrido nada, absolutamente nada, de todo esto.