La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandras

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—Quizás el capitán hubiera encontrado algún otro socio… —objetó la señora Povondra.

Papá Povondra gruñó con desprecio.

—¡Qué entiendes tú de estas cosas! Un negocio así sabe hacerlo solamente G. H. Bondy. ¡Caramba!, ése ve más lejos que otro cualquiera. Los demás hubieran pensado que se trataba de una locura o de una estafa, pero el señor Bondy, ¡qué va! Ése tiene un olfato…

El señor Povondra recordó…

—Aquel capitán, ¿cómo se llamaba?, van Toch, no tenía un gran aspecto que digamos. Era un tipo gordo y grandote. Cualquier otro portero le hubiera dicho: «¿Adónde vas hombre?» o, «el señor no está en casa» o algo por el estilo. Pero yo sentí una especie de corazonada. Lo anunciaré, me dije, aunque me cueste una reprimenda. Yo siempre digo lo mismo: el portero ha de tener cierto olfato para conocer a la gente. A veces llega un señor que parece un barón, y resulta ser un agente de una casa de neveras. Otras, llega un tío gordo y, ¡mira lo que representa! Uno ha de saber conocer a la gente —reflexionó papá Povondra—. De esto se deduce, Frantik, que hasta en el empleo más humilde puede hacer uno grandes cosas. Toma esto como ejemplo y esfuérzate siempre por cumplir con tu obligación, como lo hago yo.

El señor Povondra movió la cabeza solemnemente, algo emocionado.


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