La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Yo podÃa haber despedido a aquel capitán en la misma entrada, y me hubiera ahorrado el subir y bajar unos escalones. Otro portero, por darse importancia, le habrÃa cerrado la puerta en las narices. Con ello hubiera aniquilado un progreso tan fantástico del mundo. Recuerda, Frantik, si cada uno cumpliera con su deber, el mundo serÃa un paraÃso. ¡Y pon atención cuando te hablo!
—SÃ, papá —refunfuñó el desgraciado Frantik.
Papá Povondra tosió.
—Préstame las tijeras, mamá. Voy a recortar todo lo que publican los periódicos sobre esas salamandras, para dejar cuando muera algún recuerdo mÃo.