La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandras

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Y así fue como el señor Povondra empezó a recoger los recortes que hablaban sobre las salamandras. A su afán de coleccionista debemos mucho material que, de otro modo, habría caído en el olvido. Recortaba y guardaba todo lo que decían los periódicos sobre las salamandras. No ocultaremos que, después de cierto nerviosismo sufrido en los primeros días, aprendió en su café preferido a recortar de los periódicos que allí tenían a disposición de la clientela todos los artículos que trataban sobre las salamandras, y eso, en las mismas narices del camarero, sin que éste se diese cuenta y con la habilidad de un prestidigitador. Como se sabe, todos los coleccionistas estarían dispuestos a robar o asesinar con tal de conseguir algo nuevo para su colección. Pero esto no rebaja, de ninguna manera, su carácter moral.

Ahora tenía ya un sentido su vida, porque era la vida de un coleccionista. Noche tras noche arreglaba y contaba sus recortes de periódicos, ante los ojos indulgentes de la señora Povondra, que sabía que todos los hombres son un poco locos, o un poco niños. Mejor era que jugase con los recortes de periódicos a que fuese a la taberna a beber o a jugar a las cartas. Hasta hizo sitio en el armario para las cajas que él mismo había hecho para guardar su colección. ¿Se puede pedir más de una mujer y ama de casa?


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