La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras El mismo señor G. H. Bondy quedaba a veces sorprendido de los conocimientos enciclopédicos del señor Povondra en todo lo referente a las salamandras. El señor Povondra confesó, algo avergonzado, que archivaba todo lo que se publicaba sobre las salamandras, y mostró al señor Bondy sus cajitas. El señor Bondy alabó calurosamente la colección. ¿Qué podría él hacer? Solamente los grandes señores saben ser benévolos, y sólo los poderosos pueden hacer felices a otros sin que les cueste un céntimo. Los grandes señores tienen la suerte de quedar siempre bien. Por ejemplo, el señor Bondy ordenó sencillamente que del Sindicato de las Salamandras mandasen a Povondra los recortes sobre las salamandras que no era necesario archivar. El feliz y emocionado señor Povondra recibía diariamente infinidad de documentos en todas las lenguas del mundo, entre ellos, periódicos impresos en el alfabeto griego, en letras hebreas, chinas, bengalesas, en javanés, birmano, etc., lo que le infundía un gran respeto. «Cuando pienso» decía contemplándolos «que todo esto no hubiera ocurrido de no ser por mí»…