La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras Una vez en el barco, las salamandras eran echadas a las cisternas. Nuestro barco era un antiguo buque-cisterna para el transporte de gasolina. Los tanques, poco limpios, apestaban a petróleo, y el agua que habíamos puesto en ellos estaba grasienta y con reflejos de arcoiris. Cuando tiraron en aquella agua a las salamandras, parecía algo espeso y repugnante, lo mismo que una sopa de fideos. En algunos lugares se movía débil y dolorosamente algo, pero durante todo el día no se hizo nada para que las salamandras pudieran recobrarse. Al día siguiente llegaron cuatro hombres con largos palos y empezaron a hurgar en aquella «sopa» (profesionalmente se dice soup). Removían aquellos cuerpos espesos y observaban si alguno quedaba inmóvil o si se desprendía su carne. Entonces pinchaban al animal con un enorme gancho y lo sacaban, tirándolo al mar. «¿Está limpia la sopa?», «Sí, señor». Esta limpieza de la sopa se repetía diariamente y cada vez se arrojaba al mar la «mercancía averiada» como se la llamaba. Nuestro barco era acompañado por una fiel cabalgata de grandes y bien alimentados tiburones. Las cisternas apestaban terriblemente y, a pesar de ser cambiada a menudo, el agua tenía un color amarillento y el fondo estaba lleno de inmundicias y galletas deshechas; en ella chapoteaban, o yacían torpemente, cuerpos negros que respiraban con dificultad. «Pues aquí no están tan mal», aseguraba el viejo Mike. «Yo he visto un barco que las llevaba en barriles vacíos de gasolina: ¡Se les murieron todas!».