La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandras

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Cada vez cerrábamos más el cerco alrededor de los animales danzantes. Los hombres tenían preparados los remos y hablaban en susurros, no tanto porque las salamandras pudiesen oírlos, sino porque era de noche. «¡Hacia ellas, rápido!», gritó el oficial. Corrimos hacia aquel círculo hirviente; los remos, con un chasquido seco, chocaban contra los espinazos de las salamandras. De pronto éstas volvieron en sí, escapándose hacia el centro del círculo o tratando de pasar por entre los remos para llegar hasta el mar, pero los golpes que recibían las hacían retroceder, encogidas de dolor y de miedo. Se empujaban hasta el centro del círculo aplastándose, pisoteándose, cayendo unas sobre otras, formando ya varias capas. Diez hombres las levantaban y las metían tras un cerco de remos, y diez más hincaban y golpeaban a las que trataban de escabullirse o de escapar. Era una especie de ovillo negro que se movía y temblaba, una masa de carne croante sobre la que caían pesados golpes. Luego se abría algún espacio entre los remos, se escurría alguna salamandra y quedaba aturdida por un golpe de remo en la nuca. Tras ella, otra y otra más, hasta que yacían unas veinte. «¡Cerrad!», gritaba el capitán, y el espacio entre los remos se cerraba de nuevo. Bully Beach y Dingo cogían cada uno de una pata a una de las salamandras aturdidas y la llevaban arrastrando por la arena hasta el bote, como un saco sin vida. Algunas veces el cuerpo del animal se enganchaba en las piedras; los marineros, rabiosos, tiraban con fuerza quedándose con las patas en las manos. «No es nada», gruñía el viejo Mike que estaba a mi lado, «¡Ya les crecerán de nuevo!». Una vez que las salamandras, aturdidas, estaban en el bote, el oficial ordenaba secamente: «¡Preparen otras!». Y de nuevo llovían los golpes de remo sobre las salamandras. Aquel oficial —Bellamy se llamaba— era un hombre inteligente y silencioso, formidable jugador de ajedrez. Pero se trataba de una caza o, mejor dicho, de un negocio, así que ¿para qué andar con miramientos? De esta forma cazamos más de doscientas salamandras aturdidas, quedando unas setenta que seguramente estaban muertas y que ya no valía la pena llevar.


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