La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandras

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Es difícil expresar la impresión que produce la danza de las salamandras. Unos trescientos animales están sentados sobre sus patas traseras en un círculo exacto, con la cara mirando hacia el centro de dicho círculo, que permanece vacío. Las salamandras no se mueven, están como petrificadas, parecen una especie de empalizada ante algún altar secreto. Pero allí no hay altar ni dios alguno. De pronto, uno de los animales hace chasquear la lengua, «Chisss, chisss, chisss», y empieza a balancearse haciendo un movimiento circular con la parte superior de su cuerpo. Esta especie de balanceo se va transmitiendo de unas salamandras a otras y, al cabo de unos segundos, todas mueven circularmente la parte superior, sin moverse de su sitio, cada vez con mayor rapidez, sin sonido, como fanáticos en una furiosa y loca embriaguez. Al cabo de un cuarto de hora se debilita alguna salamandra, luego otra y otra, se balancean y, exhaustas, quedan paralizadas. De nuevo permanecen quietas, sentadas como estatuas, descansando algunos momentos. Después de unos segundos se oye de nuevo «Chisss, chisss, chisss»… y otra salamandra se empieza a mover, pasando su danza de unas a otras hasta que se balancea frenéticamente todo el círculo. Sé que, por esta descripción, les parecerá la danza un poco mecánica, pero añadan ustedes a ello la blanquecina luz de la luna y el susurro melodioso de las olas. Todo esto tiene en sí algo de embrujo, de magia. Me quedé parado con el corazón en la garganta, sintiendo algo así como horror y admiración. «¡Hombre, mueve los pies», me gritó el compañero más próximo, «vas a hacer un agujero en la arena!».


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