La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras Eran las once de la noche cuando el capitán de nuestro barco ordenó bajar la bandera de nuestro país y nos mandó arriar los botes. Hacía una clara noche de plenilunio. La islita hacia la que remábamos era, según creo, Gardner Island, del archipiélago Fénix. En las noches de plenilunio las salamandras salen a bailar a la playa. Uno puede acercarse a ellas sin que lo oigan, tan embebidas están en su silenciosa danza colectiva. Veinte de nosotros llegamos a la playa con los remos en la mano y, esparcidos en semicírculo, empezamos a acercarnos al oscuro rebaño que se agitaba en la playa, bajo la lechosa luz de la luna.