La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras Dos meses más tarde estaba yo jugando una partida de ajedrez con el señor Bellamy, en el hall del Hotel France de Saigón; desde luego, yo ya no estaba como marinero en su barco.
—Oiga, Bellamy —le dije—, usted es un hombre decente y, ¿cómo se dice?, un gentleman. ¿No siente a veces cierta sensación de que está sirviendo para algo que, en el fondo, es la más miserable forma de esclavitud?
Bellamy se encogió de hombros.
—Las salamandras son salamandras —gruñó desviando el tema.
—Hace doscientos años también se decÃa que los negros eran sólo negros.
—¿Y acaso no es verdad? —dijo Bellamy—. ¡Jaque!