La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras A las seis se hizo llevar de nuevo en el bote a la aldea y, directamente, a aquel mestizo. «Toddy», dijo, y ésa fue la única palabra que pronunció. Sentado en la veranda, sostenÃa entre sus dedos rollizos el vaso de grueso vidrio, bebÃa y escupÃa, y miraba fijamente, bajo sus pobladas cejas, a las flacas y amarillentas gallinas que picoteaban Dios sabe qué en el sucio y pisoteado patio entre las palmeras. El mestizo se guardaba muy bien de hablar, limitándose a servirle vino de palma. Poco a poco, los ojos del capitán se pusieron sanguinolentos y sus dedos empezaron a moverse con dificultad. AnochecÃa ya cuando se levantó y se estiró los pantalones.
—¿Ya se va a dormir, capitán? —le preguntó cortésmente el mestizo de demonio y diablo.
El capitán alzó un dedo en el aire.
—¡TendrÃa gracia —dijo— que hubiese en el mundo diablos que yo no conociera! Oye, tú, ¿dónde está ese maldito noroeste?
—Por ahà —señaló el mestizo—. ¿A dónde va, capitán?
—¡Al infierno! —dijo con voz ronca el capitán J. van Toch—. Voy a echarle una mirada a la BahÃa del Diablo.