La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandras

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Aquella noche comenzaron las rarezas del capitán J. van Toch. Volvió al kampong al amanecer y no pronunció ni una palabra. Se hizo llevar al barco, donde se encerró en su camarote hasta que anocheció. Esto todavía no extrañó a nadie, porque el Kandong Bandoeng tenía mucho que cargar en la bendita isla de Tana Masa (copra, pimienta, alcanfor, gutapercha, aceite de palma, tabaco y mano de obra). Pero cuando le anunciaron por la noche que la mercancía estaba ya embarcada, solamente rezongó y dijo:

—¡Un bote! ¡A la aldea!

Y volvió de nuevo al amanecer. El sueco Jensen, que lo ayudó a subir a cubierta, le preguntó solamente por cortesía:

—Entonces, ¿continuaremos hoy el viaje, capitán?

El capitán se volvió como si le hubiesen pinchado en el trasero.

—¿A ti qué te importa? ¡Ocúpate de tus malditos asuntos!

Durante todo el día estuvo el Kandong Bandoeng con las anclas echadas, a un nudo de distancia de la costa de Tana Masa, sin hacer nada. Al anochecer salió el capitán de su camarote y ordenó:

—¡Un bote! ¡A la aldea!

El pequeño griego Zapatis lo miró con un ojo ciego y el otro bizco.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker