La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Muchachos —tartamudeó—, o nuestro viejo tiene allá una novia, o se ha vuelto completamente loco.
El sueco Jensen frunció el ceño.
—¿A ti qué te importa? ¡Ocúpate de tus malditos asuntos!
Luego, con ayuda del islandés Gudmundson, bajó un bote pequeño y remaron en dirección a la BahÃa del Diablo. Llegaron con el bote hasta los pedruscos y esperaron a ver qué iba a pasar. El capitán llegó a la BahÃa; parecÃa que esperaba a alguien. Al cabo de un momento se paró y llamó: «Chiss, chiss, chiss…».
—¡Mira! —dijo Gudmundson señalando al mar, ahora rojo y dorado por la puesta de sol.
Jensen contó dos, tres, cuatro, seis aletas, afiladas como cuchillos, que se dirigÃan a la BahÃa del Diablo.
—¡Caramba! —exclamó Jensen—. ¡Vaya cantidad de tiburones que hay por aquÃ!
A cada momento desaparecÃan un par de aletas, sobre el agua se agitaba una cola, formándose luego un remolino. Entonces el capitán van Toch empezaba a saltar furioso en la orilla, maldiciendo y amenazando a los tiburones con el puño. Después llegó el rápido crepúsculo tropical y la luna brilló sobre la isla. Jensen tomó los remos y acercó el bote hasta unos doscientos metros de la orilla. El capitán se habÃa sentado sobre las piedras y hacÃa: «Chiss, chiss, chiss…».