La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras Desde ese momento empezó a tratarse el Problema de las Salamandras hasta en la Oficina Internacional del Trabajo de Ginebra. Se enfrentaban allí dos opiniones: una reconocía a las salamandras como una nueva clase trabajadora y se esforzaba por que se extendiesen a ellas toda clase de leyes sociales referentes a jornadas de trabajo, vacaciones pagadas, seguro de invalidez, de vejez, etc.; la segunda opinión era que con las salamandras surgía una competencia peligrosa para las fuerzas trabajadoras humanas y que el trabajo de dichas salamandras debía prohibirse como algo antisocial. Contra esta opinión se pronunciaban no sólo los representantes de los patronos, sino también los delegados de la clase obrera, señalando que las salamandras no eran solamente una fuerza de trabajo, sino también grandes y cada vez más importantes clientes. Como lo demostraron con cifras, en los últimos tiempos había aumentado hasta un nivel nunca alcanzado el empleo de obreros en las industrias de herramientas de metal (utensilios de trabajo, máquinas e ídolos para salamandras), armamento y productos químicos (explosivos submarinos), producción de papel (libros de enseñanza para las salamandras), cemento, madera, productos alimenticios artificiales (Salamander-food), y en muchas otras ramas industriales. El tonelaje total de los barcos había aumentado, en comparación con la época pre-salamándrica, en un 27%, la producción de carbón en un 18,6%. Al aumentar el número de obreros empleados y el bienestar de la gente, se elevó también indirectamente la producción de otras ramas industriales. Más tarde, en los últimos tiempos, las salamandras incluso encargaban diferentes accesorios para máquinas de su propia construcción. Pagaban por dichos accesorios aumentando el rendimiento de su trabajo. Ya entonces, una quinta parte de toda la producción mundial de la industria pesada y mecánica ligera dependía de los pedidos de las salamandras. «Acabad con las salamandras y tendréis que cerrar inmediatamente una quinta parte de las fábricas. En lugar de la prosperidad de hoy, tendréis millones de desempleados». La Oficina Internacional del Trabajo no podía, desde luego, pasar por alto estas objeciones. Finalmente, y después de muchas negociaciones, se consiguió, al menos, la solución siguiente: que «los trabajadores del grupo “A» llamados anfibios pueden ser empleados sólo en trabajos bajo el agua o en el agua, y a diez metros desde la marca de la marea más alta, para ejecutar trabajos en los litorales. Que no deben extraer carbón o petróleo del fondo del mar; que no deben fabricar para clientes de tierra firme papel, textiles o piel artificial de algas marinas”, etc. Estas limitaciones impuestas a la producción de las salamandras estaban contenidas en un código de diecinueve párrafos, que no publicamos detalladamente, sobre todo porque, desde luego, nadie los tuvo en cuenta. Pero como una prueba de magnanimidad de la solución internacional dada al Problema de las Salamandras desde el punto de vista económico y social, señalamos el que fuese publicado un código, obra imponente y meritoria.