La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras Con menos rapidez fue tratada la cuestión del reconocimiento de las salamandras en otras ramas internacionales, concretamente, en lo referente a asuntos culturales. Cuando apareció en la prensa especializada de más circulación un artículo titulado «Composición geológica del fondo del mar en las Islas Bahamas», firmado por John Seaman, nadie sabía desde luego que se trataba del trabajo científico de una salamandra. Pero cuando a las direcciones de diferentes academias y centros de enseñanza comenzaron a llegar noticias y estudios de investigadores salamandras sobre oceanografía, geografía, hidrobiología, matemáticas superiores y otras ciencias exactas, reinó gran confusión, sí, hasta intranquilidad, que fue expresada por el gran doctor Martel con las palabras: «¿Esos bichos pretenden enseñarnos algo?». El científico japonés doctor Onoshito, que se atrevió a citar la opinión de una salamandra (era algo sobre el desarrollo de la vesícula biliar de los renacuajos en el fondo de los mares, Argiropelecus bemigymnus Coceo), fue boicoteado científicamente y se hizo el harakiri. Para la ciencia universitaria era cuestión de honor y de principios el no tomar en consideración ningún trabajo científico de las salamandras. Por eso mismo llamó aún más la atención (o, mejor dicho, empeoró las cosas), el gesto de la Universidad Central de Niza[25], al invitar a una conferencia solemne al Dr. Charles Mercier, salamandra altamente instruida del puerto de Tolón, que con éxito digno de notar, habló sobre la teoría de un segmento del cono en la geometría no euclidiana. En este acto estaba también presente, como delegada de la organización de Ginebra, la señora María Dimineau; esta magnífica y generosa dama estaba tan emocionada de la modestia y saber del doctor Mercier (¡Pauvre petit, il est tellement laid! —exclamó—. ¡Pobrecito, es tan feo!), que se impuso la tarea de que las salamandras fueran admitidas en la Sociedad de Naciones. Inútilmente explicaban los estadistas a la enérgica y obstinada señora que las salamandras no tienen en ningún lugar del mundo su propia soberanía estatal, ni siquiera su propia tierra y que, por lo tanto, no pueden ser miembros de la Sociedad de Naciones. Madame Dimineau empezó a propagar la idea, entonces, de que las salamandras deberían tener en algún lugar su país libre y su Estado submarino. Esta idea, sin embargo, no fue muy bien recibida, por no decir directamente rechazada. Finalmente se logró llegar a un acuerdo feliz, o sea, que en la Sociedad de Naciones sería creada una comisión para el estudio de la Cuestión de las Salamandras, a la que se invitaría también a dos delegados salamandras. Como uno de ellos fue nombrado, debido a la insistente presión de la señora Dimineau, el Dr. Charles Mercier, de Tolón, y el otro un tal Don Mario, gordo y sabio profesor de Cuba, trabajador científico en la rama de estudios pelágicos. Con esto consiguieron las salamandras el más alto reconocimiento internacional de su existencia[26].