La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandras

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Vemos, pues, a las salamandras en un seguro y continuo avance. Su número se calcula ya en siete mil millones, aunque, al crecer su civilización, disminuye mucho la fuerza procreadora (cada hembra tiene anualmente de veinte a treinta renacuajos). Han ocupado ya más del setenta por ciento de todas las costas del mundo; todavía son inhabitables las costas de los polos, pero las salamandras canadienses empiezan ya a colonizar los litorales de Groenlandia, donde hasta hacen retroceder a los esquimales al interior del país y toman en sus manos el negocio de la pesca y del aceite de pescado. Al mismo ritmo que su expansión material continúa su progreso civil. Se incorporan a las filas de las naciones cultas con la asistencia obligatoria de todos sus miembros a la escuela, y pueden vanagloriarse de tener muchos cientos de periódicos submarinos propios, que se publican en millones de ejemplares, centros científicos modelo, etc. Se comprende que este adelanto cultural no se realizó fácilmente y sin resistencia interior. Es verdad, sabemos muy poco sobre los problemas internos de las salamandras, pero según algunos signos (por ejemplo, el hecho de haberse encontrado cadáveres de salamandras con las narices y la cabeza mordisqueadas), parece ser que durante largo tiempo reinó bajo la superficie de las aguas una lenta y apasionada lucha de ideas entre las Viejas salamandras y las Jóvenes salamandras. Las jóvenes eran partidarias del progreso, sin obstáculos ni restricciones, y declaraban que también bajo el agua se debía alcanzar la instrucción existente en los continentes. ¡Todo y en todos los aspectos!, ¡sin exceptuar el fútbol, el flirt, el fascismo y la inversión sexual! Frente a esto, las Viejas salamandras se aferraban, conservadoras, a la naturaleza salamandrina, y no querían abandonar las viejas y buenas costumbres animales e instintivas. Sin lugar a duda condenaban el afán de novedades y veían en él un fenómeno de decadencia y traición a los ideales salamandrinos heredados. Seguramente se opusieron también a las influencias extrañas a las que sucumbió ciegamente la juventud, y se preguntaban si el imitar a la gente era digno de salamandras orgullosas, seguras de sí mismas[27].


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