La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras En Londres se reúne la Conferencia de Estados Marítimos, en la que se prepara y se aprueba la Convención Internacional de las Salamandras. Los importantes participantes en dicha convención se comprometen entre ellos a no mandar sus salamandras a las aguas territoriales de los otros estados; afirman que no consentirán que sus salamandras interrumpan, en cualquier forma que sea, la integridad o la esfera de influencia reconocida de cualquier otro estado. De ninguna manera interferirán en los intereses de otras potencias marítimas; en caso de choques entre salamandras de dos o más estados, éstos se someterán al Tribunal de Conciliación de la Haya. Ningún estado equipará a las salamandras con ningún tipo de armamento cuyo calibre supere el de las pistolas submarinas contra tiburones (las llamadas shark-gun o mata-tiburones); no permitirán que sus salamandras entablen cualesquier clase de relaciones íntimas con salamandras pertenecientes a otro Estado; no ayudarán a las salamandras a construir nuevos continentes o a ampliar sus territorios, sin la aprobación previa de la Comisión marítima permanente de Ginebra, etc. (Había treinta y siete párrafos). Por otro lado, se rechazó la proposición francesa de que las salamandras fueran internacionalizadas y estuviesen sometidas a un Centro Internacional de las Salamandras para el arreglo de las aguas del mundo; la proposición alemana de que a cada estado marítimo le fuera permitido sólo un cierto número de salamandras, establecido relativamente; la proposición italiana de que a los estados con un número excesivo de salamandras se les concediesen nuevas costas para la colonización o parcelas en el fondo del mar; la proposición japonesa para que sobre las salamandras, oscuras por naturaleza, ejerciese un mandato, como representante de todos los países, el Japón, el estado más culto de las razas de color[28].