La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras La mayoría de estas propuestas fueron aplazadas para someterlas a discusión en la próxima Conferencia de Potencias Marítimas, que, por diversos motivos, nunca llegó a celebrarse. «Con este acto internacional», escribió en Les Temps Jules Sauerstoff, «está asegurado el porvenir de las salamandras y la pacífica evolución de la humanidad, por algunas decenas de años. Felicitamos a la Conferencia de Londres por el feliz término de sus difíciles deliberaciones. Felicitamos también a las salamandras porque, por medio de esos Estatutos, quedan bajo la protección del Tribunal de La Haya. Ahora pueden, con confianza y tranquilidad, dedicarse a su trabajo y a su progreso submarino. Hay que subrayar que el hacer apolítico el problema de las salamandras, lo que se consiguió en la Convención de Londres, es una de las garantías más importantes de la paz mundial. Sobre todo, el desarme de las salamandras reduce la posibilidad de un conflicto submarino entre los diferentes Estados. El caso es que, aunque continúan numerosas disputas sobre las fronteras entre diferentes potencias de casi todos los continentes, la paz mundial no está amenazada por ningún peligro actual; por lo menos, en lo referente a los mares. Pero, también en tierra firme, parece estar ahora más asegurada que nunca. Los estados marítimos están muy ocupados con la construcción de nuevas costas, y pueden ampliar sus territorios hacia el mar mundial, en vez de intentar cambiar sus fronteras en tierra firme. Ya no será necesario luchar con armas y gases por cada palmo de terreno. Basta, sencillamente, con las palas y los picos de las salamandras, para que cada Estado se construya cuanto territorio necesite. Y este tranquilo trabajo de las salamandras, por la paz y felicidad de todas las naciones, lo asegura, precisamente, la Convención de Londres. Nunca había estado el mundo tan cerca de la paz duradera y de un florecimiento tranquilo, pero glorioso, como precisamente lo está ahora. En vez del Problema de las Salamandras, del que ya se ha hablado y escrito tanto, quizá se hable ahora, con toda razón, de la “Edad de Oro de las Salamandras”.