La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras El señor Povondra vuelve a leer el periódico
En nada se nota tanto el correr del tiempo como en los niños. ¿Dónde está el pequeño Frantik, al que dejamos, no hace mucho, junto a los afluentes del lado izquierdo del Danubio?
—¿Dónde está otra vez ese Frantik? —gruñe el señor Povondra, abriendo el periódico de la tarde.
—Ya sabes… donde siempre —contesta la señora Povondra, inclinada sobre su labor.
—¡Asà que ha ido otra vez a ver a la novia! —dice amenazador el señor Povondra—. ¡Caramba con el chico! Apenas tiene treinta años y no para ni una tarde en casa.
—¡Hay que ver los calcetines que rompe! —suspira la señora Povondra, metiendo una vez más en el calcetÃn destrozado el huevo de madera…
—¿Qué voy a hacer con esto? —exclama contemplando el agujero del talón, de una forma parecida a la isla de Ceilán—. Mejor serÃa tirarlo —exclama crÃticamente, pero a pesar de ello, y después de largas consideraciones estratégicas, clava la aguja en la costa sur de Ceilán.
De nuevo reina el silencio familiar, que tanto le gusta a papá Povondra. Solamente lo interrumpen el crujido del papel, al que contesta el de la aguja con su rápido movimiento.