La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —¿Ya lo han cogido? —pregunta la señora Povondra.
—¿A quién?
—A ese asesino que mató a una mujer.
—¿Crees que me interesa ese asesino? —gruñe papá Povondra con cierta repugnancia—. Precisamente estoy leyendo aquà que reina cierta tirantez entre Japón y China. Eso es grave. Allà siempre es grave la cosa.
—Yo creo que ya no lo detendrán.
—¿A quién?
—A ese asesino. Cuando alguien mata a una mujer, casi nunca lo detienen.
—A los japoneses no les gusta que China esté regulando el rÃo Amarillo. ¡Asà es la polÃtica! Mientras el rÃo Amarillo haga de las suyas, habrá cada año en China inundaciones y hambre, y eso debilita mucho a los chinos, ¿sabes? Préstame las tijeras, mamá, lo voy a recortar.
—¿Por qué?
—Estoy leyendo aquà que en ese rÃo Amarillo trabajan dos millones de salamandras.
—Eso es mucho, ¿verdad?
—¡Ya lo creo! Pero, seguramente, Estados Unidos lo paga todo, ¡caramba! Por eso el Mikado quisiera meter allà sus propias salamandras. ¡Demonios!
—¿Qué ocurre?