La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —¡Y cuando pienso —continuó el señor Povondra, con orgullo un poco amortiguado—, que esta situación amenazadora no existirÃa si no fuese por mÃ! Si aquella vez no hubiese dejado entrar a aquel capitán a hablar con el señor Bondy, la historia del mundo serÃa otra. Cualquier portero no lo hubiese dejado pasar, pero yo me dije: «Bajo mi responsabilidad, lo anunciaré al señor Bondy». Y ahora, ¡fÃjate qué inconvenientes tienen estados como Inglaterra y Francia! Y eso que ni siquiera sabemos lo que puede ocurrir un dÃa… —el señor Povondra chupó su pipa excitado—. Asà es la cosa, querida. Los periódicos no hablan más que de esas salamandras. Aquà tienes otra noticia… —papá Povondra dejó su pipa—. Aquà dice que en la ciudad de Kankesanturai, en Ceilán, las salamandras atacaron un pueblo. Se dice que los del pueblo habÃan apaleado antes a algunas de ellas. «Hubo que llamar a la policÃa y a una compañÃa de soldados del pueblo», leyó en voz alta el señor Povondra, «y llegó a entablarse un tiroteo entre las salamandras y la gente. Hubo varios heridos por parte de los soldados»… —El señor Povondra dejó el periódico—. Esto no me gusta, mamá.
—¿Por qué? —se extrañó la señora Povondra, golpeando satisfecha con las tijeras en la ex isla de Ceilán—. ¡Si eso no tiene nada que ver!