La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras Al día siguiente por la tarde fueron hundidos, al suroeste de Mizen Head, los barcos Winnipeg, Manitoba, Ontario y Quebec. Por el mundo se extendió una ola de angustia. Por la noche transmitió la BBC una nota diciendo que el Gobierno de S. M. Británica había prohibido la entrega de cualquier clase de productos alimenticios, químicos, maquinarias, armas y metal a las salamandras. Por la noche, a la una en punto, graznó en la radio una voz excitada: «Haló, haló, Chief Salamander speaking! Haló, Chief Salamander is going to speak!». Y de pronto se escuchó una voz cansada y colérica: «¡Haló, hombres! ¡Haló, hombres! ¿Creéis que nos vamos a dejar matar de hambre? ¡Acabad ya con vuestras tonterías! ¡Todo lo que intentéis se volverá contra vosotros! En nombre de todas las salamandras del mundo, llamo a la Gran Bretaña. Le declaramos, desde ahora, un bloqueo sin cuartel. A todas las Islas Británicas, a excepción del Estado libre de Irlanda. Vamos a cerrar el Canal de la Mancha. Vamos a cerrar el Canal de Suez. Vamos a cerrar el Estrecho de Gibraltar. ¡Para todos los barcos! Todos los puertos ingleses están ya bloqueados. Todos los barcos ingleses, encuéntrense donde se encuentren, serán torpedeados. Haló, Alemania. Aumentad el suministro de explosivos para nosotros en diez veces. Entregadlos inmediatamente en el depósito principal de Skagerak. Haló, Francia. Entregad inmediatamente el pedido de torpedos submarinos al fuerte C 3, BFF y Oeste 5. ¡Haló, hombres! Os advierto de nuevo. Si nos reducís la entrega de provisiones, las tomaremos nosotras mismas de vuestros barcos. ¡Lo advierto por última vez!». La voz fatigada bajó hasta ser solamente un graznido casi incomprensible.