La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —G. H. —negó con la cabeza el capitán—, G. H. no habÃa ninguno. Como no sea Gustl Bondy… pero él no era presidente ni mucho menos. Un judiÃto pecoso… ¡No puede ser él!
—Sà que puede ser él, señor van Toch. ¡Hace muchos años que usted no lo ha visto!
—Tienes razón, ¡muchÃsimos años! Puede que ese Gustl ya sea mayor. ¿Y qué hace?
—Es presidente del Consejo de Administración de la M. E. A. T. ¿sabe?, esa fábrica grande que construye calderas y cosas parecidas. Y, además, presidente de unas veinte sociedades y trusts. Un gran señor, capitán van Toch. Lo llaman el capitán de nuestra industria.
—¿Capitán? —se extrañó van Toch—. Entonces, ¡no soy el único capitán de JevÃcko! ¡Caramba! Asà que Gustl es también capitán. Tendré que ir a verlo. Y, ¿tiene dinero?
—¡Ya lo creo! ¡Montones de dinero, señor van Toch! Ése tendrá sus buenos cientos de millones. Es el hombre más rico del paÃs.
El capitán van Toch estaba pensativo.
—¡Y también capitán!… Muchas gracias, muchachos. Voy a buscar a ese Bondy; know, yes, Gustl Bondy. Un judiÃto pequeño era… Y ahora es el capitán G. H. Bondy. Yes, yes… ¡cómo vuela el tiempo! —dijo suspirando melancólicamente.