La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —DÃgale que quisiera hablarle el capitán J. van Toch, de Surabaya… Yes —dijo recordando—, aquà está mi tarjeta. Y entregó una tarjeta de visita al señor Povondra, en la que, bajo un ancla…

El señor Povondra inclinó la cabeza y vaciló un momento. «¿Debo decirle que el señor Bondy no está en casa? ¿O que lo siento, pero que el señor Bondy tiene una importante conferencia?». Hay visitas que se deben anunciar, y otras que un portero como es debido resuelve por sà mismo. El señor Povondra sintió una atormentadora ausencia de intuición, que era la que le habÃa ayudado siempre en casos parecidos. Aquel grueso caballero no podÃa contarse entre la acostumbrada clase de visitas que no se anuncian. No parecÃa ni agente comercial, ni funcionario de alguna sociedad benéfica.
Mientras tanto, el capitán J. van Toch se limpiaba la frente con su pañuelo azul, y curioseaba el recibidor.
—¡Caramba!, ¡qué bien puesta tiene la casa Gustl! Parece el salón de uno de esos barcos que navegan de Rotterdam a Batavia. ¡Qué dineral debe de costar todo esto! Y entonces era un judiÃto lleno de pecas… —se extrañaba el capitán.
Mientras, G. H. Bondy miraba sorprendido la tarjeta del capitán.