La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Una golosina.
—Yes, golosina. Sólo que, los pobrecitos, tienen las manos demasiado finas para poder abrir esas conchas. ¡Qué vida tan dura, yes! —el capitán bebió—. Después, meditando sobre todo ello, me dije: Cuando esos lagartos vieron a los cingaleses arrancar las madreperlas, seguramente se dijeron: «¡Ajá!, ellos se las comen», y quisieron ver cómo las abrÃan los muchachos. Un cingalés es bastante parecido a un lagarto, pero estos lagartos son mucho más listos que cualquier cingalés o bataco. Y el bataco nunca aprende más que a robar —añadió el capitán van Toch indignado.
—Pues bien, cuando yo les hacÃa chiss, chiss en la playa y me retorcÃa como un lagarto, seguramente pensaron que era una salamandra grandota. Por eso no se asustaron demasiado y vinieron a que les abriese aquella madreperla. ¡Asà son de inteligentes y confiados esos animales!
El capitán van Toch se ruborizó y siguió contando:
—Cuando ya los conocÃa un poco mejor, señor Bondy, me desnudé un dÃa completamente para parecerme más a ellos, para estar completamente libre de ropas. Pero los lagartos se extrañaban al ver mi pecho tan peludo y todas esas cosas… Yes. —El capitán se pasó el pañuelo por su bronceada nuca—. No sé si no le parecerá mi historia demasiado larga, señor Bondy.