La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —No, en malayo. AllĂ lo que más se habla es malayo, muchacho. Y Ă©l no hacĂa más que balancearse de uno al otro pie, y se retorcĂa como un niñito avergonzado. Alrededor nuestro habĂa cientos de lagartos, que sacaban del agua sus hociquitos y me miraban. Y yo, ¡le juro que estaba completamente borracho!, me puse en cuclillas y empecĂ© a retorcerme lo mismo que el lagarto, para que me tomase confianza. Luego saliĂł del agua otro lagarto, del tamaño de un chico de diez años, que comenzĂł tambiĂ©n a moverse asĂ: Tin tan, tin tan… Y en sus patitas delanteras tenĂa una de esas conchas en las que se crĂan perlas. —El capitán volviĂł a beber—. ¡A su salud, señor Bondy! La verdad, yo estaba más borracho que una cuba, asĂ que me acerquĂ© y le dije: ÂżQuĂ©?, sinvergĂĽenza, Âżquieres que te abra esa madreperla? Pues acĂ©rcate y te la abrirĂ© con mi cuchillo. Pero el lagarto me miraba y no se atrevĂa. AsĂ que empecĂ© de nuevo a retorcerme yo, como si fuera una niñita tĂmida, y Ă©l fue acercándose más y más, hasta que alarguĂ© la mano y le cogĂ la concha de entre sus patas. Miedo tenĂamos los dos, te lo puedes imaginar, señor Bondy, pero como yo estaba borracho, no me daba cuenta de lo que hacĂa. AsĂ que cogĂ el cuchillo y le abrĂ el molusco, buscando con los dedos por si escondĂa alguna perla, ¡pero solamente estaba el bicho ese que vive dentro! «Toma», le dije, «chiss, chiss, chiss, trágatelo si quieres». Y le echĂ© la concha abierta. ¡Si hubieras visto, muchacho, cĂłmo se relamĂa! Para esos lagartos, las ostras deben ser un formidable tidbit…, ÂżcĂłmo se dice?