La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Me senté allà e hice: Chiss, chiss…, para ver si se acercaban aquellos diablos. Y, ¡oye!, de pronto vi salir del agua a uno de aquellos lagartos, que se alzó sobre sus patas posteriores y empezó a retorcer su cuerpo mientras me hacÃa también: Chiss, chiss, chiss… Si no hubiera estado borracho, quizá le hubiese disparado, pero ¡compañero!, yo estaba tan borracho como una cuba, asà que me acerqué a él y le dije: «Ven, ven aquà Tapa-boy, que no te haré nada malo».
—¿Y le hablaba usted en checo?