La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandras

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—Yes. Esas madreperlas están pegadas a las rocas, tan firmes como los judíos a su fe, y hay que arrancarlas con cuchillos. Pues bien, aquellos lagartos se pusieron a mirar lo que hacían los cingaleses, y esos malditos creyeron que eran diablos marinos. ¡Son gente poco culta, esos cingaleses y batacos! Se empeñaban en que en aquella bahía sólo había diablos. —El capitán trompeteó en su inmenso pañuelo—. ¿Sabes, muchacho? Yo empecé a darle vueltas y más vueltas al asunto ese de los diablos. Yo no sé si sólo nosotros los checos somos una nación tan curiosa, pero en cualquier lugar en que me he encontrado con un compatriota, siempre tenía que meter las narices en todas partes y enterarse de qué había detrás de cada cosa. Me parece que eso se debe a que los checos somos muy desconfiados, ¿no crees? Entonces se me metió en esta vieja y tonta cabeza que tenía que ver a esos diablos de cerca. Desde luego, estaba borracho, es verdad, pero todo era por culpa de esos diablos, que no me podía quitar de la imaginación. Es que allá abajo, en el Ecuador, todo es posible, hombre, así que me decidí a ir una noche a la Bahía del Diablo…

El señor Bondy trató de imaginarse una bahía tropical, rodeada de rocas y selvas vírgenes.

—¿Y bien?


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