La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras G. H. Bondy estaba fuertemente impresionado y, podrÃa decirse, «humanamente avergonzado». Y para colmo de sus males, apareció en la puerta el silencioso señor Povondra con la jarra de cerveza, y levantó sorprendido sus expresivas cejas al ver la posición poco digna del capitán.
—¡Deje aquà la cerveza y váyase! —exclamó apresuradamente el señor Bondy.
El capitán se levantó resollando.
—Asà son esos animalitos, señor Bondy. ¡A su salud! —dijo, y bebió con ganas—. Tienes buena cerveza, muchacho, eso hay que reconocerlo. Una casa como la que tienes tú… —el capitán se secó los bigotes.
—¿Y cómo encontró usted esos lagartos, capitán?
—Eso es, precisamente lo que quiero contarle, señor Bondy. Pues ocurrió lo siguiente: Un dÃa fui a pescar perlas a Tana Masa —el capitán se detuvo de pronto—, bueno, por allÃ. Era en otra isla, pero su nombre es mi secreto, jovencito. La gente es ladrona, muy ladrona, señor Bondy, y uno tiene que saber cerrar el pico. Y cuando aquellos dos malditos cingaleses arrancaban bajo el agua las shells ésas de las perlas…
—¿Madreperlas?