La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras Las rarezas del capitán van Toch
Si busca usted en el mapa la islita de Tana Masa, la encontrará exactamente en el Ecuador, un poco al oeste de Sumatra. Pero si pregunta al capitán J. van Toch, a bordo del Kandong Bandoeng, qué es esa Tana Masa ante la cual acaba de echar anclas, maldecirá un rato y, después, le dirá que es el agujero más sucio de toda esta zona de los Estrechos, aún más miserable que Tana Bala y al menos tan maldito como Pinos o Banka; que el único hombre, con perdón, que vive allÃ, —sin contar, desde luego, a los piojosos batacos—, es un agente comercial borracho, un mestizo de cubano y portuguesa, y más ladrón, pagano y guarro que el cubano y la blanca juntos; y que si en el mundo hay algo maldito, señores, es la maldita vida en esa maldita Tana Masa. Después de lo cual, probablemente, le preguntará usted por qué, entonces, echó en ese lugar las malditas anclas, como si pensara quedarse tres malditos dÃas, y van Toch refunfuñará irritado y murmurará algo parecido a esto: que «el Kandong Bandoeng no navegarÃa hasta aquà solamente por la maldita copra o por aceite de palma, eso es fácil de entender y, además, a ustedes no les importa y hagan el favor, señores, de ocuparse de sus propios asuntos». Y maldecirá con tanta fluidez y amplitud como corresponde a un viejo capitán de barco, bien conservado para su edad.