La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras Pero si en vez de hacerle preguntas impertinentes, deja usted al capitán van Toch jurar y maldecir para sÃ, acabará enterándose de muchas más cosas. ¿Acaso no se le nota que necesita desahogarse? ¡Déjelo en paz! Su amargura acabará encontrando, por sà sola, una vÃa de escape.
—FÃjese usted, señor —exclama el capitán—, a aquella gente nuestra de Amsterdam, a aquellos malditos judÃos de allá arriba, se les ocurre de pronto: «¡Perlas, hombre! Averigüe dónde puede haber perlas». Te dicen que la gente anda loca por las perlas y ¡nada más!
Aquà el capitán escupe asqueado.
—Está claro, ¡quieren invertir su dinero en perlas! Eso ocurre porque ustedes, todo el mundo, están pensando siempre en alguna de esas guerras o lo que sea… ¡El miedo del dinero!, eso es todo. ¡Y a esto le llaman crisis, señor mÃo!
El capitán van Toch duda un momento si ponerse a hablar con usted sobre cuestiones de economÃa polÃtica, porque, hoy en dÃa, no se habla de otra cosa. Sólo que aquÃ, en Tana Masa, hace demasiado calor y uno se siente perezoso. El capitán van Toch hace un gesto con la mano y gruñe: