La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —¡Perlas! Es fácil decirlo, señor mĂo. En Ceilán las agotaron hace ya cinco años, en Formosa se ha prohibido pescarlas… Pero ellos… «… trate Ud., capitán van Toch, de encontrar nuevos bancos. Vaya usted a aquellas malditas islas, quizás encuentre en ellas algĂşn criadero completo»…
El capitán se suena con desprecio en su pañuelo azul.
—Aquellas ratas europeas se imaginan que aquĂ se puede encontrar todavĂa algo desconocido por todo el mundo. ¡Dios mĂo! ÂżSerán estĂşpidos? Como no quieran que les suene las narices a esos batacos, a ver si echan perlas… ÂżNuevos bancos? En Padang hay un nuevo burdel, eso sĂ, pero Âżnuevos bancos de perlas? Señores, yo conozco estas islas mejor que mis propios pantalones, desde Ceilán hasta esa maldita isla de Cliperton… Si alguien piensa que aquĂ se puede encontrar aĂşn algo que proporcione alguna ganancia, pues ¡feliz viaje, señor mĂo! Treinta años hace que navego por estos mares y ahora quieren esos idiotas que les descubra todavĂa algo…
El capitán van Toch casi se ahoga de rabia al pensar en tan ofensiva exigencia.