La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Bueno, si no le canso… Cuando aquel lagarto relamÃa la ostra, los otros, que lo estaban mirando, salieron a la playa. Algunos tenÃan también ostras en sus patas delanteras. Es bastante extraño, muchacho, que supieran arrancarlas, con aquellas manitas como las de los niños, de los cliffs. Se pararon un momento, como si tuvieran vergüenza, y después se dejaron quitar las ostras de las patas. Bueno, no eran solamente madreperlas, lo que me entregaban para que se las abriese, sino toda clase de indecentes conchas. Entonces yo las tiraba al agua y les decÃa: eso no, pequeños, con mi cuchillo no les voy a abrir esas tonterÃas sin valor. Pero cuando era una madreperla, la abrÃa y tanteaba para ver si habÃa alguna perla escondida. Luego, les daba el molusco para que se lo comieran. A todo esto, ya habÃa algunos cientos de lagartos a mi alrededor, mirando cómo abrÃa yo las ostras. Y algunos trataban de imitarme, metiendo un pedacito de concha de las que habÃa tiradas por la arena, y haciendo los mismos movimientos que hacÃa yo con mi cuchillo. Eso me extrañó mucho, muchacho, porque no hay ningún animal que sepa cómo manejar las herramientas. DÃgase lo que se diga, el animal no es más que parte de la naturaleza. Cierto que en Buitenzorg vi una vez a un mono que abrÃa con una navaja una de esas latas… de conserva, creo que se llaman. Pero un mono no es un animal cualquiera, señor mÃo, y aun asÃ, me pareció muy raro.