La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras La empresa del capitán van Toch
Al referir todo esto, al capitán van Toch se le erizaban los cabellos en la nuca de entusiasmo y emoción.
—Yes, señor, eso fue lo que juré. Desde aquel dÃa, muchacho, no he tenido un momento de tranquilidad. En Batang pedà vacaciones y les envié a aquellos judÃos de Amsterdam ciento cincuenta perlas, todas las que me habÃan traÃdo los animalitos. Después encontré a un hombre, era dayak y cazador de tiburones, de ésos que los matan bajo el agua. Un ladrón y asesino terrible. Y con él, después de vagar algún tiempo por los barcos, volvà de nuevo a Tana Masa. «Ahora, fellow», le dije, «con tu cuchillo vas a matar a esos tiburones para que dejen tranquilos a mis lagartos». Pero aquel dayak era tan asesino y tan pagano que no se preocupaba de mis tapa-boys. Diablo o no diablo, a él le daba igual. Y yo, mientras tanto, observaba a aquellos lagartos y hacÃa experimentos con ellos. Ya verás, tengo un gran libro en el que escribÃa todos los dÃas.
El capitán sacó del bolsillo de su chaqueta algunas notas que empezó a hojear.