La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Jensen, un pecado asà no lo querrÃa tener sobre mi conciencia. Pero, espera, para que me creas, te daré un recibo como que te debo esos doce francos, ¿te parece bien?
—No estarÃa mal —dijo el sueco, amante del orden.
El señor Dingle cogió un pedazo de papel y lápiz, y se arrellanó cómodamente en la mesa.
—Bueno, ¿qué debo escribir?
Jens Jensen lo miró por encima del hombro.
—Escribe arriba que ese papel es como un recibo.
Y después Dingle, despacio y sacando la lengua a causa del esfuerzo, y chupando de vez en cuando el lápiz, escribió:

—¿Está bien as� —preguntó el señor Dingle inseguro—. ¿Y quién de los dos debe quedarse con el recibo?
—¡Desde luego que tú, burro! —dijo el sueco con naturalidad—. El recibo es para que uno no se olvide de que recibió dinero, hombre.
El señor Dingle se bebió los doce francos en El Havre y, además, en lugar de marchar a Irlanda se fue a YibutÃ. En resumen: la misa no fue dicha y, por tanto, ningún poder supremo intervino en el curso normal de los acontecimientos.